El Diablo, dueño de la tempestad.
El Diablo, casi creyéndose Dios,
por diablo más que por viejo pensó :
El circo pide una nueva función.
Y el Diablo la gran tragedia soñó.
Sus faustos uno por uno compró.
Si el Diablo quiere ser malo, es peor.
Huyamos, que ya levanta el telón !
Fue sabio, mercader, doctor, profeta,
juez y parte y en su fiesta
mil papeles encarnó.
Segó la paz, el beso y la alegría
y alentó la hipocresía
la venganza y la traición.
Fundó una dramaturgia de dementes
con suicidas y rehenes
en la cumbre del dolor.
Mezcló el agua bendita y el petróleo
y anunció con terremotos
el final de su función,
tifón bestial de guerra, alcohol y espanto,
droga, robo, estrés y engaño
que humilló, cegó y mató.
Maestro de una ética de infierno,
dio por hecho el mal eterno
y al infierno se volvió.
El Diablo, dueño de la tempestad.
El Diablo, casi creyéndose Dios,
por viejo más que por Diablo pensó :
Si quiero, puedo volver a nacer.
Por diablo, quiso nacer del amor.
Por malo, se renació en Navidad.
Entonces, quiso matar y sonrió.
El Diablo quiso ser niño y perdió.
Y fue una pavorosa criatura
que fugó de aquella cuna
y en tinieblas blasfemó.
Llamó a sus marionetas amaestradas,
más siguiendo su enseñanza,
cada cual lo traicionó.
Detrás y reclamándole a los gritos
se arrastraban sus faustitos
agrediéndolo en montón.
Y el Diablo, sin poder y cuesta abajo,
viejo, sucio y medio enano
de rodillas suplicó.
Y en quechua y español, inglés y chino,
siempre, siempre, un gran abismo
de silencio contestó.
Dios quiera, lo verás soplando un saxo
y entre cuatro pobres diablos,
mendigar por la estación.