Creo que tenía unos ocho años cuando un día mi padre me permitió pasar las hojas del libro de la Academia de Leonardo Da Vinci.
Todas esas ilustraciones de sus investigaciones en anatomía eran un misterio revelado y una aventura al mismo tiempo.
Muchas fueron las oportunidades en que abrí nuevamente ese libro, pasaron los años y me siguió provocando, no porque fuera Leonardo, sino por todo lo que a Leonardo lo motivaba.
La línea , el vacio la luz , la intesidad o la sutileza, el color y su ausencia , lo que existe y lo imaginario, todo esta en el arte, infinitos universos habitan en el artista.
Era un camino inevitable que creció en colores y mas libertad expresiva de la mano del maestro Bernardo Fontanet y el vuelo de Ramiro Starosta, el escultor Montenegro y la sensiblilidad única del maestro Pujia.
Después el asombro inagotable, cada rincón, un horizonte, la última luz , la rugosidad de una corteza o la piel desnuda , todo es el tema, una mirada, un tacto, una música , un paseo por la calle , un viaje, una noche pueden ser el trampolín a una serie de bocetos , manchas y finalmente obras concluidas.
Repito, la vida de un artista es sensible, todo es o nada lo es.
Afortunadamente.